Decir lo que sentimos, sentir lo que decimos, concordar las palabras con la mente. (Séneca)

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jueves, 4 de abril de 2013

Cómo tirar de una carreta...

No soy de campo, y nunca lo he sido. Probablemente sea la persona menos de campo del mundo. Bueno, vale, me he pasado. Alguna vez sí he ido al campo. A coger espárragos, y no lo digo en plan metafórico, como lo de freír churros. Cosas que una hace cuando es pequeña y saltar como una cabra entre las zarzas le parece guay. Pero que a nadie se le ocurra llevarme a cogerlos ahora, que puede ser que le mande yo a la churrería... De verdad, me he vuelto de un borde, que no me reconozco...
Pues eso, que el campo no es lo mío. ¿Dormir yo en un saco, en el suelo, entre bichos, y  hacer pis detrás de un arbusto? ¿Que me piquen los mosquitos, las orugas, las arañas o cualquier animalillo de esos tan puñeteros? No, gracias, a mí dadme un hotelito con su cama y su baño, rural si queréis, pero con taza de váter y sábanas limpias. Señoritinga, pensará alguien. Qué va, si ya he dicho muchas veces que soy de barrio, pero el contacto con la naturaleza no es lo mío. Así que este post no va de burros, ni caballos, ni bueyes, ni de campesinos tostados por el sol, como mi abuelo paterno, que me estará mirando desde el cielo y preguntándose por qué narices no soy nada campestre. Ni siquiera va de un buen par de pechos, de esos talla 100 copa C, lo siento por todo aquél que pensó en el famoso dicho de tiran más dos tetas... cuando leyó el título del post. Caísteis en la trampa, algo tengo que hacer para que estas chorradas que escribo os llamen la atención. Marketing, ya sabéis...

Esto va de una cosa que me dijo una alumna el otro día. Como veis, mi trabajo es una fuente inagotable de inspiración, toma ya. Resulta que suena la sirena y nos ponemos a recoger. Y voy y le digo que cómo está mejorando, que si se ha dado cuenta. "¿Sí?", me responde halagada. "Sólo en mates, profe." Yo la miro y sonrío, ahora la halagada soy yo. Y me dice: "Es que te tengo cariño." Y me emocionó, cómo no me iba a emocionar algo así. Entonces caí en la cuenta de lo mucho que me gusta mi trabajo. A veces lo olvido, de verdad. No debería, pero reconozco que hay días en que se hace cuesta arriba. Pero esa simple contestación me llegó al alma. Me tienen cariño, es verdad, y yo a ellos.

Y dándole vueltas a todo esto, me reafirmo una vez más en uno de mis principios: que la gente aprende mejor con el cariño. Sobre todo los adolescentes y los pequeñines, porque cuando uno está en la universidad y quiere aprender, el profe es alguien más secundario, puedes obligarte a estudiar aunque el susodicho no sea santo de tu devoción. Tal vez cogerás algo de asco a la asignatura, pero probablemente saldrás adelante. Sin embargo, cuando eres más joven es distinto. Muchas veces, el profe lo es todo. Recuerdo el odio que le cogí a la biología en el instituto. Tuve una profesora horrorosa, y siento mucho ser tan bestia, pero es la verdad. Y no por fea, eso da igual, sino porque sus clases eran una tortura día sí y día también, y no la recuerdo feliz ni a gusto con nosotros nunca. Sí me acuerdo de su mala leche y sus comentarios despectivos, y de lo felices que nos hacía cuando no venía... Fue un tormento, y yo me quedé más ancha que larga cuando por fin me libré de la asignatura. Desde entonces, no soporto la biología. Ya de por sí no me gustaba, pero estoy segura de que con alguien más agradable hubiera sido un tostón más llevadero. Así que sí, el profe lo es todo.

Por eso es tan difícil esta profesión, de verdad. Tienes que tener un feeling especial con la gente, no sé si llamarlo empatía, mano izquierda o buen rollito. Pero cuando consigues conectar, merece la pena. La sensación de ver mejorar a alguien, y encima notar que te aprecia, es de absoluta felicidad. Así que ya sabéis, para tirar de una carreta, mejor con cariño...









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