Decir lo que sentimos, sentir lo que decimos, concordar las palabras con la mente. (Séneca)

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miércoles, 17 de abril de 2013

Tres semanas para decir adiós.

Las despedidas me incomodan. Supongo que es algo bastante común, lo he oído muchas veces. No es que no quiera despedirme cuando me voy, no soy tan antipática. Es que siempre imagino que diré unas bellas palabras, que será un momento para recordar, y luego, llegado el caso, esas palabras tan bonitas no me salen. En seguida me emociono, ya sabéis que soy muy llorona. Así que mi tan elaborado discurso lo acabo deprisa y corriendo, sin florituras, y me digo a mí misma que vaya asco de despedida...
En mi trabajo siempre hay despedidas. Todos los años. Mis alumnos avanzan; mis compañeros se van; a mí me mandan a sabe Dios dónde... Y lo paso mal, que yo en seguida le cojo cariño a la gente, soy así... Pero me gusta despedirme. Me gusta decirle a los demás que ha sido un placer conocerlos, que espero que les vaya muy bien y que tengan mucha suerte. A quienes se lo merecen, claro, que pelota no soy.

Hace unas tres semanas, me encontré con el padre de una vecina. Un señor de los de antes, arreglado y más tieso que una vela, siempre hecho un pincel. Con fuerza, una persona de las que siempre están igual, para las que parece que no pasan los años. Venía del médico, estaba un poco pachucho por una neumonía, o pulmonía, ahora no recuerdo. El caso es que se quejaba también de un dolor en el abdomen. Y ya que estaba en el hospital, le hicieron pruebas. Fue así como le diagnosticaron un cáncer muy avanzado. Sin cura.  A las dos semanas ya le estaban dando los cuidados paliativos y prácticamente no se podía mover. A la tercera semana se había ido. Sin más. Tres semanas para decir adiós.

Cuando me enteré de que estaba enfermo, no me lo podía creer. Le había visto hacía nada, y estaba tan bien, tan pizpireto como siempre. Pero la realidad es que a veces las cosas cambian deprisa, visto y no visto, aunque nos creamos que para que algo tan terrible suceda sean necesarios meses o incluso años de aviso, aquello de ya se veía venir. Hay cosas que avanzan rápido y por sorpresa.

Entonces me paré a pensar en eso de despedirse. Hay quienes no querrían, seguro. Ya sé que decir adiós puede llegar a ser terriblemente doloroso. Lo es cuando "sólo" se trata de un adiós de pareja (lo siento, pero hasta aquí hemos llegado, fue bonito mientras duró...), así que no puedo ni imaginar lo angustioso que será despedirse si sabes que ya llega tu hora. Pero creo que yo querría hacerlo. Algo así como dedicarle unas palabras a quienes significan o han significado algo para mí. Que sepan lo que son o lo que fueron en mi vida. Que valoro que me ayudaran, o me enseñaran, o compartieran los buenos, y sobre todo, los malos momentos. Que me quisieran. No dejar nada por supuesto. No llevarme conmigo cosas que me hubiera gustado decir. Porque siento que se lo debo, que merecen oírlo de mi boca. Y siento que decirlo es lo más honesto que habré hecho en toda mi vida.

Hace poco falleció un pariente lejano. Cáncer también. La enfermedad se lo llevó rápido, tal vez en un año o algo más. Un tiempo insignificante cuando esperas estar aquí hasta hacerte viejecito y ver corretear a los nietos. Murió en su casa, con su familia. Mi madre me ha contado que estaba con su mujer cuando sucedió, en sus brazos. La miró y le dijo qué guapa eres, y ésas fueron sus últimas palabras. Los ojos se me llenan de lágrimas al contar esto, aun sabiendo que yo no estaba allí, que no lo vi. Pero es que se me hace insoportable imaginar el dolor de ver irse para siempre al amor de tu vida. Supongo que una parte de ti muere con él, en ese mismo instante, cuando te das cuenta de que aquella persona a la que juraste proteger toda la vida está indefensa sin remedio, y tú eres un inútil que sufre a su lado viéndola partir.

Ese hombre, mi pariente lejano, sí se pudo despedir. Le dijo al amor de su vida lo guapa que era, resumiendo en esas palabras su devoción por ella, mirándola y memorizando su rostro para la eternidad. Quizás no todos estamos preparados para un acto de madurez y valentía semejante. Quizá el dolor que nos causara hacerlo nos destrozara por dentro. Pero si ahora mismo pudiera o tuviera que elegir cómo me iré de este mundo, que tenga un minuto para cada persona a la que quiero o he querido. Se lo debo.








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