Decir lo que sentimos, sentir lo que decimos, concordar las palabras con la mente. (Séneca)

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lunes, 29 de abril de 2013

Ni cuándo ni dónde.

La vida es cuestión de poner cosas en fila. Ésta es la idea que se me ha ocurrido hoy, en plan filosófico. Y nada de los últimos serán los primeros, ni gilipolleces por el estilo, con perdón. Lo primero será lo primero, lo segundo será lo segundo, y así hasta que la fila se termine, si es que lo hace. Y si lo primero está delante, será porque tiene más importancia. La clave es ordenar las cosas en esa fila. Esa sabiduría es lo que distingue a las personas felices de las que tan sólo mueven un pie tras otro y sobreviven en su pequeño mundo gris...

En el universo hay tres tipos de cosas, así, a grandes rasgos. Por un lado están aquéllas que importan más bien nada. Superfluas, que suena muy fino. Luego están las necesarias, ésas que o las haces o las haces, no hay vuelta de hoja. Y por último están las que llamamos importantes, las que deberían ser el verdadero centro de nuestra atención. El problema está en que muchas veces no somos capaces de distinguirlas. Quizá sea que llevamos un defecto de fábrica, está claro que nadie es perfecto. Pero también es verdad que hay muchísimos factores a nuestro alrededor que nos confunden. Distractores, que también suena fino así. Y cuando llega la hora de ordenar las cosas del universo, metemos la pata. Lo peor es que aquellas filas desordenadas, que una vez, en algún lugar, alguien creó, se las transmitimos a los que tenemos cerca. Y entonces nada está donde debería estar.

El otro día, les dije a mis niños que cuando uno resuelve una ecuación, es más importante el proceso que el resultado. En realidad, en matemáticas siempre es así. Pero no es eso lo que oyen. Están más que hartos de ver que los resultados se encuentran primero en la lista. Que un siete es un motivo de alegría y un suspenso es una bronca asegurada. A veces no miramos lo que ha habido antes. Quizás el siete se obtuvo con suerte, y el suspenso llegó a pesar del esfuerzo. Los resultados nunca deberían estar por delante del procedimiento en nuestra lista. 

Igual que la belleza nunca debería estar por delante de la personalidad. Sé que entonces alguien me preguntará si no me fijo en el atractivo físico. Por supuesto que lo hago, soy humana. Pero si fuéramos razonables y pensáramos un poquito más las cosas, nos daríamos cuenta de que una cara bonita, sin nada detrás, no nos enamorará jamás en la vida. Y tampoco un físico espectacular nos importará si la persona que lo lleva no tiene un corazón también digno de admirar. La belleza exterior es pasajera y muy muy relativa.

Tampoco el fin justifica los medios, por mucho que nos empeñemos. Quizás sólo en algunas excepciones que conlleven un riesgo de muerte o algo así, y siempre y cuando lo que hagas no perjudique a nadie, al menos a nadie que no se lo merezca. Ni el dinero está por delante de la salud, la física ni la mental, que a veces se nos olvida. Ni tampoco el trabajo está antes que la familia o los amigos, aunque esta sociedad mal organizada se empeñe en que ocupemos demasiadas horas en oficinas y reuniones, y que luego lleguemos a casa con la energía justa para cenar algo, meterse en la camita y soñar con más trabajo y más reuniones.

La verdad es que normalmente no me paro a pensar en todo esto. Reconozco que muchas veces me fío de esas listas mal hechas que nos vamos pasando los unos a los otros. Lo bueno es que, de vez en cuando, ocurren cosas que te abren los ojos. Dicen que cuando atravesamos un mal momento en nuestras vidas, lo importante ocupa el puesto que verdaderamente merece. Una enfermedad nos puede hacer ver que la salud debería estar siempre delante, o que la familia y los amigos son y serán lo primero de todo. Que aquel asunto que te preocupaba, como el ascenso, o ese coche nuevo que te querías comprar, o el coche viejo que se te estropeó, no significaban nada en realidad.

Yo me di cuenta hace poquito de que el cuándo y el dónde poco importan al fin y al cabo. Pensaba, y estaba en un gran error, que las cosas deben llegar más pronto que tarde, que hay para ellas un tiempo y un lugar apropiados, y un cómo, si me apuráis. Me fié de eso que dice que cantidad es más importante que calidad, otra lista mal hecha. Pero entonces alguien me ayudó a ver que el cuándo y el dónde son sólo adornos que lleva el con quién. Que la compañía está por delante del momento y el lugar. Y lo mejor de todo es que me di cuenta de esto en un momento de profunda felicidad, fijaos si soy afortunada. 

Hay una historia que dice que, si coges un frasco de cristal y metes dentro piedras hasta que ya no entren más, podrás echar después arena, y verás cómo ésta cubre los huecos que las piedras dejaron, completando  así el frasco. Pero si viertes primero arena y metes después las piedras, apenas te entrarán unas cuantas de las de antes. La moraleja es que si te ocupas primero de lo importante, como la salud, la familia y los amigos, tendrás tiempo después para lo necesario e incluso para algunas cosas superfluas, si quieres. Pero si lo haces al revés, si primero te centras sólo en lo necesario, o incluso en lo superfluo, no habrá en tu vida espacio para lo importante.

Yo creo que la clave de ser feliz en esta vida es ordenar bien nuestra lista. Sólo necesitamos una cada uno; una que separe las cosas del universo en tres tipos, ya sabéis, las superfluas, las necesarias y las importantes, y que ponga cada una en el sitio que le corresponda, ni antes ni después. Y si alguien, por el camino, nos ayuda a ordenar bien nuestra lista, no os olvidéis de ponerle en el grupo de las cosas importantes. Para que nunca se nos olvide meterle primero en el frasco de cristal...










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