Si algún día, en algún momento, veis que me lío la manta a la cabeza y afirmo cosas como que la vida no cambia en un segundo, o que no da tantas vueltas como nos creemos, o que hoy piensas de tal modo, y mañana probablemente también, por favor, soltadme un guantazo. O una colleja, pero sin pasaros, que suelo necesitar la cabeza para trabajar. Es que tengo los esquemas descolocados, y eso es algo muy fuerte para alguien de ciencias...
Bueno, no os asustéis, que ya he dicho alguna vez que no sé por qué alguien como yo eligió el mundo de la ciencia. Nada más lejos de mi espíritu lo de destripar bichos, abrir pulmones o calcular el punto donde los dichosos trenes se cruzan... Pero tengo que asumir que elegí los números, y lo asumo. Por eso me afecta tanto que me rompan los esquemas, metafóricamente hablando. Es como si me soltaran de repente que los cerdos vuelan. Oye, que sí, que lo hemos estado mirando, y los cerdos vuelan. Claro, así una no puede mantener el tan buscado equilibrio en su vida...
Muchas cosas en esta vida no tienen ni pies ni cabeza. Al menos yo no se los encuentro. El IBEX 35, el hambre en el mundo o cuál es el criterio para separar la ropa blanca de la de color, por poner algún ejemplo. Sí, en efecto, soy una inútil que sigue sin entender muy bien eso de que la ropa blanca es blanca, y en general de cualquier color claro que no destiña. ¿Entonces es blanca o no? Llamemos a las cosas por su nombre, por Dios... Y si tengo que elegir algo que verdaderamente descoloque los esquemas, aquí y en China, es el dichoso amor. Le añado lo de dichoso porque a veces puede llegar a ser muy puñetero. Así lo digo, con rotundidad.
Yo soy una persona con tendencia al romanticismo absurdo. Eso te pasa por ser Piscis, me diría algún astrólogo de ésos de la TDT. Quizá. O por ser hija de mi madre, que también es una romántica empedernida. Pero estoy intentando cambiar, porque el mundo es muy cruel con los románticos, que nos creemos que él le declarará a ella su amor a la luz de la luna, mientras un tío con coleta toca algún tema de Kenny G. (¿y por qué con coleta? No sé...), y en el cielo se ve una avioneta con pancarta incluida que dice: "Cásate conmigo y hazme el hombre más feliz del mundo" ¿Veis? Las absurdeces me salen solas. Así que ahora me digo que no, que eso sólo pasa en las películas, que tengo que centrarme en relaciones de carne y hueso, con gente de carne y hueso, y no con príncipes azules, que hoy en día la monarquía está en horas bajas...
Pero entonces llega alguien que te altera el pulso, y la vocecita interior que te pone los pies en el suelo se calla. Ahora resulta que whatsappeo (horror de palabra, ¿no?) con el que me altera el pulso. Y no voy a dar más detalles, porque soy una persona discreta (bloggs aparte...) Y he pasado de hacerme a la idea de que hablemos poco, a esperar con ilusión los dichosos mensajitos del Whatsapp. Primer esquema roto. Que si nos vemos tal día, me dice. ¡Yuhuuuuuuu! Me cruzo Madrid a las tres de la tarde y los malditos aviones, con sus malditos retrasos, no nos dejan vernos. Como en una película (ahora sí), yo allí esperando, arreglada y monísima, y él sin poder salir ya, porque enlazaba con otro avión. Mi esquema de vernos de nuevo, roto. Y ya van dos. Y así en cadena: que si nos vemos a la vuelta, que a la vuelta yo no puedo, que tengo muchas ganas de verte, que vuelvo a mirar el puñetero Whatsapp...
Total, que he tirado los esquemas a la basura. Ya no me sirven. Lo único que puedo hacer es intentar mantener mis piececitos en el suelo, que soy muy de echar a volar, pero con este hombre me es difícil pisar tierra firme, lo reconozco. Porque parece que nos conocemos desde hace mucho, porque siento que entiende mis bromas, y yo las suyas, me provoca con su inteligencia y su desparpajo y disfruto con cada palabra y cada gesto suyo.
Sobre si es amor o no, quién sabe. Ni me lo pregunto. Demasiado en lo que pensar para alguien que aún se está recuperando de un profundo desengaño. Sólo sé que un ratito en su compañía bien vale cruzarse Madrid a las tres de la tarde, aunque me rompa todos los esquemas...
Pero entonces llega alguien que te altera el pulso, y la vocecita interior que te pone los pies en el suelo se calla. Ahora resulta que whatsappeo (horror de palabra, ¿no?) con el que me altera el pulso. Y no voy a dar más detalles, porque soy una persona discreta (bloggs aparte...) Y he pasado de hacerme a la idea de que hablemos poco, a esperar con ilusión los dichosos mensajitos del Whatsapp. Primer esquema roto. Que si nos vemos tal día, me dice. ¡Yuhuuuuuuu! Me cruzo Madrid a las tres de la tarde y los malditos aviones, con sus malditos retrasos, no nos dejan vernos. Como en una película (ahora sí), yo allí esperando, arreglada y monísima, y él sin poder salir ya, porque enlazaba con otro avión. Mi esquema de vernos de nuevo, roto. Y ya van dos. Y así en cadena: que si nos vemos a la vuelta, que a la vuelta yo no puedo, que tengo muchas ganas de verte, que vuelvo a mirar el puñetero Whatsapp...
Total, que he tirado los esquemas a la basura. Ya no me sirven. Lo único que puedo hacer es intentar mantener mis piececitos en el suelo, que soy muy de echar a volar, pero con este hombre me es difícil pisar tierra firme, lo reconozco. Porque parece que nos conocemos desde hace mucho, porque siento que entiende mis bromas, y yo las suyas, me provoca con su inteligencia y su desparpajo y disfruto con cada palabra y cada gesto suyo.
Sobre si es amor o no, quién sabe. Ni me lo pregunto. Demasiado en lo que pensar para alguien que aún se está recuperando de un profundo desengaño. Sólo sé que un ratito en su compañía bien vale cruzarse Madrid a las tres de la tarde, aunque me rompa todos los esquemas...
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