Decir lo que sentimos, sentir lo que decimos, concordar las palabras con la mente. (Séneca)

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sábado, 18 de agosto de 2012

En el mundo genial de las cosas que dices (la frase no es mía)

Yo no debería ser de ciencias. Anda que no me he dicho veces a mí misma: "¿Pero se puede saber qué haces tú estudiando biología (que la odias), química (que no la terminas de entender) y sobre todo, física (que no la has entendido en tu vida, y ten por seguro que no lo harás nunca)?" Pues lo que ocurría era que me molaban las mates. Siempre me han gustado. Y esa fue mi única razón para ser de ciencias. Ya está. A veces hago locuras como ésta, decidirme por algo por una razón muy pequeñita en un océano de razones en contra. No tengo remedio.

Así que a ciencias me fui. Y luego, en la Universidad, a Matemáticas. Otro día hablaré de mi carrera. Carrera de la que no me arrepiento, pero a la que sin lugar a dudas cambiaría el plan de estudios. Más que nada, en beneficio de la salud mental de quienes se matriculen en ella. El caso es que la terminé. Vaya si lo hice, quería salir de allí cuanto antes para no perder los pocos tornillos que me quedaban bien anclados. Y luego, cuando una persona normal diría que ya está bien de estudiar, yo oposité. Con un par.

Y aquí estoy, renegando de mis queridas ciencias, mordiendo la mano que me da de comer. ¿Y todo por qué?  Porque desde hace mucho tiempo, me he dado cuenta de que me importan muchísimo las palabras. Y no es que a los de ciencias no les importen. Más bien es que están las pobres relegadas a un segundo plano. Vaya injusticia.

Me importa lo que se dice. Me importa cómo se dice. Y sobre todo todo todo, me importa no sabéis cuánto que lo que se dice, se diga de corazón. Que si digo algo, sea verdad. Que si hablo de algo, entienda de ello, o al menos, tenga una ligera idea y no me dedique a inventar. Que si afirmo que voy a hacer algo, lo haga. Que si prometo algo, lo cumpla. No me gusta hablar por hablar, ya veis. Me duele en el alma que me lo hagan. Será porque ya me han contado suficientes mentiras. O será que algunas de las frases más bonitas que me han dicho a lo largo de mi vida, al final se las llevó el viento. O tal vez a mí me parece que se las llevó, y lo que hizo en realidad fue arrastrarlas lejos hasta un lugar seguro, donde sólo las alcance el recuerdo.

Sea por la razón que sea, me encanta la gente que cree de verdad en lo que dice. Me encanta que la gente dé importancia a cómo decirlo. Y por encima de todas las cosas, me encanta la gente de palabra, esos que cumplen lo que dicen, esa gente por la que pondrías la mano en el fuego, y no acabarías en urgencias. 

Por eso busco. Estoy buscando gente así a mi alrededor. Porque hoy en día las palabras tienen poco valor, hablar es gratis, dicen. No lo creo. Y creo que, según vayan pasando los años y me vuelva una viejecita, y me arrugue, se me caigan los dientes y necesite un bastón y ya no pueda bailar salsa, valoraré cada vez más a quienes me hagan creer de verdad en el mundo genial de las cosas que dicen

Por cierto, la frase es el título de una canción de Maldita Nerea. Soy su fan número 1.

 



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