Decir lo que sentimos, sentir lo que decimos, concordar las palabras con la mente. (Séneca)

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martes, 19 de junio de 2012

Quiero ser como ellos

Hoy ha sucedido una cosa maravillosa. No porque haya sido algo fuera de lo normal, como ver un unicornio, o encontrarme a George Clooney en el metro. Mejor. (¿Hay algo mejor que encontrarse a George en el metro?) Hoy hemos comido helado en clase.

Vale, ahora es cuando todo el mundo me mira con pena y piensa: "Pobrecilla, ya se le ha terminado de ir la pinza..." Puede ser. Pero ha sido estupendo.

A ver, lo cuento. Ya he dicho alguna vez que soy profe. De secundaria. (Ahí es donde la gente suele asegurar que estoy loca)  Y es genial, aunque a veces me dan ganas de soltar collejas a diestro y siniestro. En fin, sigo, que se me va el hilo enseguida. El porqué decidí ser profe no viene al caso ahora, así que no me pondré a soltar una conferencia sobre el asunto. Lo importante es que se acercan las vacaciones (yuhuuu), y prometí a mis alumnos que habría una sorpresa antes de acabar. ¿Por qué? Entre otras razones, porque sí, porque la última semana de clase no hay quien los sujete, porque estamos todos deseando que nos den el pistoletazo de salida para escaparnos a que nos dé el aire fresco (los profes también), y porque me gusta darles sorpresas, qué le voy a hacer.

Total, que me he presentado hoy con tres cajas de helado, de esos que se ponen entre dos galletas. Se ha montado la de Dios es Cristo. Pero para bien, quiero decir. Parecía que fuera la primera vez que comían helado en su vida. "¡Qué rico!", me decían, "¿dónde lo has comprado?", "si te encargamos una caja, ¿nos la traes mañana?"... Y yo, para mis adentros, sintiéndome como Los Reyes Magos, pero a la vez pensando en lo simple (o cutrecilla) que era la sorpresa, y la emoción que había causado. Las tres cajas dieron para una ronda completa, y otra de repetición, donde los más espabilados se pusieron como el Kiko. Y yo allí, repartiendo felicidad, con las manos pringadas de chocolate, y alucinando con lo poco escrupulosos que son, que ni siquiera me preguntaron si me las había lavado (pero por supuesto que sí, por quién me tomáis...jeje) Incluso hubo uno que me pidió el cartón de la caja, para rebañar. Ilusa de mí, se lo di con toda mi buena intención, sin pensar que aquella petición tenía todas las trazas de acabar en desastre. 

Mi alumno arrimó entonces su cara al cartón, y claro, sucedió lo que era de esperar. Otro listillo se acercó por detrás, y le estampó la cara contra los restos del helado. Ante tanta desfachatez (jaja), el agredido se despegó la caja , y se vengó de su agresor plantándole el cartón en la mejilla. Como en una película. O en una reunión de ministros. Pero con helado, en lugar de tarta. Así que los dos hasta las cejas de helado, y al baño. ¿Y yo? Pues disimulando un poco la risa (los profes lo tenemos que hacer mucho, aunque a mí, la mayoría de las veces, me resulta imposible...), y pensando en lo que había redescubierto hoy.

Redescubierto porque, cuando trabajas con niños o adolescentes, te das cuenta desde el principio. ¿De qué? De la espontaneidad que desprenden. De lo sinceros que son. De que captan el entusiasmo, la dedicación y la felicidad de quien tienen enfrente con sólo olerle. De que agradecen cualquier muestra de cariño y de interés, por minúscula que sea (aunque a veces, la edad del pavo camufle su agradecimiento). Y de que, cada vez que redescubro todo esto, pienso en lo mucho que me gustaría ser como ellos. Ojalá un día aprendamos a enseñarles a hacerse adultos sin obligarles a perder su esencia y su alegría de vivir. Que vivan los helados. 

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