
El otro día, me crucé con una alumna por el instituto. Ah, se me ha olvidado decir que soy profesora. Y a mucha honra, claro que sí. No voy a ponerme ahora a contar cuánto amo mi profesión, que no es momento. Ya lo haré en otra ocasión, que el tema lo merece. Pues eso, que el otro día me crucé con una alumna. Iba yo corriendo, pensando en mis cosas, y la vi llorando. Sin pensar que se pararía a contármelo, le pregunté qué la pasaba. Y para mi sorpresa, me lo contó.
Llorando como una Magdalena, me explicó su dramática situación familiar. Me contó que no podía hablar con ninguno de sus compañeros, que no la entendían, que le decían que eso no eran problemas. Me explicó que no quería llegar a su casa, que era como si estuviese sola. Que a pesar de que sentía que su vida era una mierda, siempre intentaba ayudar a los demás, pero que cuando pensaba por un momento en ella misma al tomar una decisión, todo el mundo la tachaba de egoísta. Que no podía dormir, y que cuando en clase los profes la preguntábamos que por qué estaba distraída o medio dormida, ella no podía más que disimular y fingir una sonrisa. Los profes a veces nos preocupamos demasiado por cosas tan absurdas como deberes, os lo aseguro.
Y yo, allí plantada, no sabía muy bien qué decirla, porque me daba cuenta de lo insignificantes que son a veces nuestros problemas en comparación con los de los demás. Pero eso no lo entendemos, porque creo que tenemos como una especie de chip en el cerebro que nos hace pensar que somos el ombligo del mundo. Nada más lejos de la realidad. Y así, vamos por la vida quedándonos en la superficie de todo y de todos, preguntando qué tal a los demás, pero como yo misma hice, sin esperar (ni incluso querer) que los demás nos lo cuenten, porque para qué quiero yo saber qué les ocurre cuando lo que de verdad me importan son mis problemas. Y entonces, todo lo que a mí me ocurra me parece súper emocionante o súper deprimente, y la gente a mi alrededor es frívola, o aburrida, o egoísta, porque, claro, no se preocupa por mis dramas personales.
¿Qué pasó con mi alumna? Pues me dio una gran lección de madurez. Le pregunté si creía que necesitaba ayuda, ir a un psicólogo, y me dijo que sí. Que se había dado cuenta de que no podía con todo ella sola. Y me aseguró que buscaría ayuda. Yo sólo pude decirla que, si alguna vez necesitaba hablar, allí me tenía, con las orejas preparadas.
La conclusión a la que he llegado es que hay que rascar de vez en cuando, que las cosas no son sólo lo que vemos, y que detrás de una sonrisa, o de una contestación de mala leche, hay mucho más que una persona feliz o alguien amargado. Que ojalá, si un día vamos por la calle llorando, alguien se pare dos segundos, y nos pregunte qué nos pasa. Aunque no espere que se lo contemos.
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