Dicen los estudios que tenemos unos cien mil millones de neuronas, esas células con forma de estrellita que, al pasarse información de no sé qué manera, construyen nuestro pensamiento. Sinapsis, es verdad, gracias, San Google. También dicen que, en determinadas etapas de nuestra vida, el número de sinapsis sufre un bajón, algo que por lo visto es necesario para pensar mejor, y no una desgracia, como creí cuando lo leí por primera vez, que pensé que nos volvíamos más idiotas por mandato genético. Dicen que el cerebro es aún un gran desconocido, es verdad. Y cómo impresiona ver lo que ocurre cuando se estropea...
Tengo que confesar que una vez perdí la cabeza por alguien. Fue un flechazo, algo absurdo, ilógico, superficial y descontrolado (mis disculpas a los defensores de este término), y doy gracias al cielo de que, igual que llegó, se fue. Exagerada, dirán algunos. Pues no, de verdad. Recuerdo que ese chico no tenía nada que mereciese la pena: no era inteligente, ni divertido, ni atento, ni romántico, ni generoso. Sólo poseía un atractivo físico irresistible y un corazón de piedra. Era egoísta y cruel, pero, contra toda lógica, yo iba detrás suya como un perrito faldero. Tan fuera de mí estaba, que no reaccionaba ante las putadas (con perdón) que me hacía una y otra vez. Así que comprenderéis que ahora sea una fiel detractora de los flechazos, lo siento.
El caso es que yo no era yo, eso os lo aseguro. Se me fue la cabeza, como si estuviera poseída por un demonio que sólo me permitiese ver sus abdominales y sus ojos oscuros. ¿Qué pasó? Que conocí a otro, claro, y me hizo feliz. Vale que después ese otro me rompió el corazón y fue el causante de empezar este blog, pero esa historia ya la sabéis. Y que más tarde vino el Señor X, también. Así soy yo, una mancha de mora...
Pero no quería hablar de amoríos, quería hablar de neuronas. Mi abuela está perdiendo la cabeza. Y no por amor (que yo sepa), sino por la edad. Olvida cosas, como dónde ha puesto sus medicinas, o cuáles son nuestros nombres. Confunde lugares, no recuerda dónde está la cocina aunque acabe de verla, o se empeña en decir que ahí a la derecha hay una escalera, cuando no la hay. Dice que la confundimos nosotros, y a mí, he de admitirlo, a veces me entra la risa, lo siento si soy cruel, pero es que abrir las mismas puertas una y otra vez tiene su punto de comicidad.
También habla sola, en conversaciones muy animadas sobre temas que no llego a entender porque siempre ha tenido la manía de hablar extremadamente bajito. A veces me quedo escuchando a hurtadillas, intentando captar algo de esos diálogos imaginarios, pero creo que habla en frecuencia sólo apta para el oído de los perros.
De momento la cosa no pasa de ser anecdótica, unos pocos instantes de incongruencias al cabo del día y ya está. Pero tememos el día en que pase a mayores, no es fácil cuidar (ni comprender) a alguien que ha terminado siendo un extraño. Porque eso es lo que pasa cuando pierdes la cabeza: te conviertes en un extraño para ti mismo, y quienes tienes alrededor pasan a ser desconocidos.
A veces, en conversaciones triviales con amigos o con la familia, tomando un café en un bar, alguien que no pretende ser profundo pregunta a los demás si, cuando envejezcan o enfermen, prefieren mantener la cabeza sana o perder el juicio. La preguntita tiene miga. ¿Qué es menos malo: no darte cuenta de las cosas pero perder tu esencia, o seguir siendo tú pero a cambio sufrir y ver sufrir a quienes te rodean? No sabría decir, pero me parece tremendamente triste dejar de estar ahí, en tu propia cabeza. Porque cuando pierdes tus recuerdos dejas de ser tú, ésa es mi opinión.
En la antigüedad, se creía que el alma estaba en el corazón, algo así como la residencia del espíritu, el lugar donde tenemos nuestra esencia. Fue Thomas Willis, en el s.XVII, quien empezó a introducir la idea de que, llamémoslo alma o mente, nuestra personalidad, nuestros recuerdos, nuestros sentimientos, están en el cerebro. Y es verdad. La conclusión, supongo, es que hay que cuidar la mente igual (o más) que cuidamos un brazo, o una pierna, o un riñón. Porque cuando cuidas esas células con forma de estrella, y sus sinapsis, estás cuidando lo más profundo que tienes, lo que de verdad eres. Ya lo dice el señor Punset: el alma está en el cerebro...
También habla sola, en conversaciones muy animadas sobre temas que no llego a entender porque siempre ha tenido la manía de hablar extremadamente bajito. A veces me quedo escuchando a hurtadillas, intentando captar algo de esos diálogos imaginarios, pero creo que habla en frecuencia sólo apta para el oído de los perros.
De momento la cosa no pasa de ser anecdótica, unos pocos instantes de incongruencias al cabo del día y ya está. Pero tememos el día en que pase a mayores, no es fácil cuidar (ni comprender) a alguien que ha terminado siendo un extraño. Porque eso es lo que pasa cuando pierdes la cabeza: te conviertes en un extraño para ti mismo, y quienes tienes alrededor pasan a ser desconocidos.
A veces, en conversaciones triviales con amigos o con la familia, tomando un café en un bar, alguien que no pretende ser profundo pregunta a los demás si, cuando envejezcan o enfermen, prefieren mantener la cabeza sana o perder el juicio. La preguntita tiene miga. ¿Qué es menos malo: no darte cuenta de las cosas pero perder tu esencia, o seguir siendo tú pero a cambio sufrir y ver sufrir a quienes te rodean? No sabría decir, pero me parece tremendamente triste dejar de estar ahí, en tu propia cabeza. Porque cuando pierdes tus recuerdos dejas de ser tú, ésa es mi opinión.
En la antigüedad, se creía que el alma estaba en el corazón, algo así como la residencia del espíritu, el lugar donde tenemos nuestra esencia. Fue Thomas Willis, en el s.XVII, quien empezó a introducir la idea de que, llamémoslo alma o mente, nuestra personalidad, nuestros recuerdos, nuestros sentimientos, están en el cerebro. Y es verdad. La conclusión, supongo, es que hay que cuidar la mente igual (o más) que cuidamos un brazo, o una pierna, o un riñón. Porque cuando cuidas esas células con forma de estrella, y sus sinapsis, estás cuidando lo más profundo que tienes, lo que de verdad eres. Ya lo dice el señor Punset: el alma está en el cerebro...
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