Decir lo que sentimos, sentir lo que decimos, concordar las palabras con la mente. (Séneca)

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domingo, 22 de diciembre de 2013

Con los ojos se ve mejor

La primera vez que fui a Roma, en uno de esos viajes de fin de carrera en los que te metes en hoteluchos de mala muerte, como buen (y pobre) estudiante, hice unas doscientas fotos, puede que más. De todo: iglesias (muchas), por dentro y por fuera; fuentes (un montón), con agua y sin ella; estatuas, cuadros, plazas, de día y de noche...Todas preciosas, cuidando el detalle y la elegancia, aunque no tenga ni puñetera idea de fotografía. ¿Y todo para qué? Ni un vistazo en años, qué bien acumulan polvo...
Visto el éxito de mi reportaje fotográfico, la segunda vez que fui, me abstuve. Fue también un viaje de estudios, pero esta vez en calidad de profe acompañante. Por cierto, si alguien quiere disfrutar de verdad la libertad de viajar a su aire, según donde sople el viento, que pruebe a salir al extranjero con cuarenta adolescentes. Valorará infinitas veces más los viajes en solitario... En fin, que me dije que no iba a hacer otra vez el tonto con la cámara siempre dispuesta, como un japonés. Así que me limité a usar los ojos. Y descubrí el maravilloso mundo de admirar lo que nos rodea. 

Cuento esto porque hace unos días, salimos de excursión con los chavales a dar un paseíto por Madrid. Se trataba de recorrer algunas de las zonas históricas más importantes de la capital, y de paso, indagar un poquito en los sucesos o personas importantes relacionados con ellas. Aprovecho para decir que los adolescentes sufren una mutación cuando salen de excursión. ¿Por qué gente en su sano juicio sacaría a noventa alumnos a recorrer las calles, cruzar pasos de cebra, coger el metro...? Pues porque se portan mil veces mejor que en clase. Incluso los bandarras. Sobre todo los bandarras. Es uno de los grandes milagros de la humanidad, gracias, Señor, por este regalo al mundo de la enseñanza. 

Total, que ocuparon el tiempo que duró el paseo haciendo mil quinientas fotos a todo, especialmente a ellos mismos posando. Que si yo y el reloj de la Puerta del Sol; que si yo y el Oso y el Madroño; que si esa ventana de ahí, que tiene una maceta; que si hazme una foto aquí en el andén, que parece que vengo de Siberia y no he cogido el metro en mi vida... Bueno, haciendo fotos y comiendo, porque una norma fundamental de la adolescencia es tener hambre a todas horas, no importa si son las seis de la tarde o de la mañana. Ah, y no olvidemos el móvil. La prolongación de su mano. Así que las tres horas de excursión consistieron básicamente en sacar fotos, mirar el móvil y comer, ya sea antes, durante o después. 

Estoy convencida de que no se fijaron bien en lo que les rodeaba. A pesar de mirar a través de un objetivo y utilizar un zoom. Y lo digo tan segura de mí misma porque a mí me pasa. Me pasó la primera vez que fui a Roma, y me ha pasado cada vez que me he preocupado obsesivamente por dejar constancia digital de los lugares en los que he estado y de las cosas que he visto. Hoy en día, encontrar una foto del reloj de la Puerta del Sol está chupao. Entras en Internet, pones "reloj de la Puerta del Sol" en Google, le das a imágenes, y te salen miles de fotos. Seguramente las tres cuartas partes de ellas son mejores que cualquiera que tú le puedas haber sacado. Y si eres tan torpe como yo, el 99% serán mucho mejores. Pero la experiencia de disfrutar esa imagen en persona sólo existe si la vives. Porque estar allí, en medio de la plaza, observando, viendo a la gente, sintiendo el aire en la cara, el sol, las tiendas, las compras... es algo que sólo se puede guardar en el recuerdo, no en una tarjeta de memoria. 

Siempre recordaré un viaje que hice a París cuando era muy joven. Fuimos a ver Notre Dame, y me acuerdo perfectamente de estar allí en esa plaza, mirar la catedral y empezar a sonar las campanas. Nunca olvidaré lo que sentí: la grandeza de la catedral, lo pequeña que era yo en comparación, lo pequeño que era cualquiera. El retumbar de las campanas en mi pecho. La sensación de estar ante algo más allá de lo humano. ¿Cómo guardas eso en una foto? No se puede.

Creo que nos da tanto miedo saber que nuestro tiempo en este mundo se acabará algún día, que intentamos no perder las cosas que vamos haciendo en esta vida. Pero a veces olvidamos que lo que hace que la vida merezca la pena es vivirla de verdad, no a través de un cristal. Sentir lo que vemos, y no sólo verlo.

Así que ya no saco tantas fotos. Sólo algunas haciendo el payasete, que luego las compartes y te echas unas risas. Para todo lo demás, uso los ojos. Me dejan un recuerdo infinitamente mejor.




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