
Para entender el mundo de las gilipolleces adolescentes, primero hay que tener claras un par de cosas. Primera: cualquier tema es para ellos susceptible de gilipollear, este palabro me ha gustado tanto que he decidido usarlo. Y cuando digo cualquiera quiero decir que les da igual que sea un tema alegre o triste; si les pillas en un momento de tontuna, ya puedes estar hablando de la muerte de un corderito, harán un chiste. Segunda cosa: normalmente, ninguna de sus bromas va contra el profe, no es nada personal. Aunque a veces por su tono pueda parecer un ataque contra tu persona, no es así. Es más un acto para demostrar eso de soy guay, o yuuuuuhu, hacedme caso, o también estoy hasta los mismísimos de estar aquí. A veces incluso todo junto. Así que cuando algún alumno suelta una broma en mi presencia, me lo suelo tomar bien. Ojo, siempre que no sea ofensiva ni para mí ni para nadie, que el humor también tiene un límite.
En mis escasos años de profesión, he oído gilipolleces muy variadas: algunas sobre números (¡¡¡dos al cubo no son seis, por Dios!!!), milagros al repartir (¡un bocata, entre tres personas, tocan a tres bocatas!, o también dos bocatas entre dos personas, ¡y no tocan a nada!), o misterios geométricos que me dejan en un mar de dudas (los cubos se llaman ahora cuadrados, las esferas no son esféricas, son redondas, o cualquier cosa que tenga tres lados, aunque no sean rectos, es para ellos un triángulo...) Incluso ahora resulta que las sombras de los edificios no están en el suelo, sino en el aire...
También ha habido frases memorables, y sí, lo siento, me entra la risa cuando me las dicen, soy humana y tengo un pelín de mala leche, mea culpa. Como cuando me dijeron que hay números cacatúas en vez de capicúas, o aquello de qué tendrán que ver las pechugas con las merinas, profe. Claaaaaro, es que a veces les hago unas preguntas...
El otro día les repartí el último examen ya corregido, y algo de lo que dijeron fue demasiado para mí, y mirad que yo tengo una paciencia gigantesca. Casi infinita, les digo, remarcando bien el casi, que Job no soy. Resulta que le di su examen a un alumno, y había sacado una nota muy modestilla, algo que estaba por debajo de su nivel. Lo puedes hacer mejor, le dije. Y entonces el niño me contestó, con esa actitud de pasota que a veces utilizan: pero está aprobado. Me armé de paciencia y, con toda mi buena voluntad, le respondí que por qué se conformaba con poco, que tuviera un pelín de amor propio; de orgullo, hombre. Entonces otro niño de clase me soltó: es que profe, para qué vas a sacar un diez, pudiendo sacar un cinco. Zas, fue como un bofetón en toda la cara, así, sin avisar. ¿¿¿Cómo??? ¡¡¡Lo habéis entendido al revés!!!, me dieron ganas de gritarles. En lugar de eso, me indigné tanto que les dije que, si alguna vez colgaba un mural con las gilipolleces más grandes que me habían soltado en clase, sin duda esa frase estaría en el Top 5. ¿No os dije que mi aguante tenía un límite? Pues ahí lo tenéis, me habían tocado la fibra sensible.
Porque que me digan lo de las ovejas, vale, o lo de los bocatas, o el dos al cubo son seis, si me apuras. Pero que vayan por la vida con ese espíritu de me basta con lo mediocre, me supera, de verdad. ¿Dónde habrán oído eso? Hay un refrán que en mi casa se dice bastante, ése que afirma que de donde no hay, no se puede sacar. "Pobrecillo, no le pidas más, si es que de donde no hay..." Pero en mi casa siempre se ha dicho en tono de guasa, como queriendo decir que vaya gilipollez que ha soltado el susodicho, ¿no se habrá dado un golpe en el coco, o le faltará un hervor o algo así?, pero en plan fino, que ya sabéis que a veces hay que adornar la verdad para no herir a nadie. Mis padres siempre, siempre, siempre, nos han inculcado el espíritu de superación. A cada cual hay que exigirle según sus posibilidades, pero hay que exigirle.
Así que comprenderéis que me enfadé. Y mucho. No les grité, porque yo grito muy pocas veces. Pero me dolió que pensaran así. Y es algo curioso, a ellos les afecta más verme dolida que hecha una furia, ya me había dado cuenta antes. Creo que es porque en el fondo nos queremos, y cuando quieres a alguien, no te gusta verle decepcionado. En fin, que me vino a la mente una conversación que tuve con ese hombre tan especial, del que nunca he dicho el nombre porque ya sabéis que yo respeto mucho el anonimato. Llamémoslo Señor X, que mola. El Señor X me dijo hace poco que en esta vida hay que conformarse con lo que tienes, y yo, que suelo estar de acuerdo con sus palabras, en ese momento discrepé. No se lo dije, porque a veces le miro más bien embobada y se me va el hilo de mis pensamientos, qué le voy a hacer. Pero registré esa frase y después le di vueltas.
Entonces caí en la cuenta de que él no se refería a conformarse. Había escogido mal la palabra, fallo suyo, el Señor X no es perfecto, por mucho que a mí me lo parezca. Se refería a que en esta vida hay que ser flexible, que es muy distinto. Al conformista le gustan las naranjas, pero cuando recibe un limón, se lo come así, a palo seco, resignado. Al flexible le gustan las naranjas y va a comprarlas al súper, pero si sólo encuentra limones, se hace un zumito y le echa azúcar. El conformista no exige ni se exige nada, no lucha por mejorar ni pide a los demás que den lo mejor de sí mismos; el flexible tiene aspiraciones, pero sabe que no siempre puede uno exigir lo mismo, y que a veces nos exigimos imposibles.
Si un día vuelve a salir esta conversación, le hablaré al Señor X de su flexibilidad, aunque dicho así suene raro, raro, incluso un poco guarrete. Le contaré que mis alumnos me hablan de ovejas cuando no toca, y de bocatas, y que a veces me provocan amagos de infarto con lo de que dos al cubo son seis. Y le diré también que yo, como él, y como todo aquél que es flexible y se valora y valora a los demás, intentaré hacer zumo cuando me den limones, y ya que hablamos de fruta, pediré siempre peras, siempre, siempre, pero no al olmo.
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