
El otro día vi una peli que me dejó impactada. Imaginad un mundo donde nadie sepa mentir, ni se lo plantee. Todas las personas son completamente honestas, su cerebro no entiende el concepto de soltar una mentira. Tú le preguntas qué tal a alguien, y si está regular, te dirá que vaya asco de vida que lleva. Que no tiene amigos, o no liga, o su trabajo es un infierno. Y si le pillas en un momento aún más sincero, te dirá con pelos y señales lo bien o mal que le caes, que le pareces atractivo, o un engendro en caso contrario, que te besaría en ese mismo instante, o que no te tocaría ni con un palo. Que te quiere, o te odia, o te tiene envidia... Por supuesto, en tal mundo no existen los cumplidos si no son sinceros, ni las mentirijillas piadosas. Ni hay novelas, ni teatro, ni películas. Lo más que hay son documentales leídos, todo basado en lo que sabemos que de verdad ocurrió en tal o cual siglo.
Podríamos pensar que la honestidad nos haría libres y felices. Pero en la peli había mucho desgraciado, en el sentido triste de la palabra. Y no es que hoy en día no los haya, pero los de la película se lamentaban los unos a los otros. Entonces un hombre inventó la mentira. Sólo él era capaz de mentir. Y claro, los demás se creían sus palabras a pies juntillas, nadie tenía motivos para dudar de nadie, ninguno de ellos sabía qué era eso de decir cosas que no eran. Utilizó su don para recuperar su trabajo y hacerse millonario, pero también para hacer un poquito más felices a los demás adornando aquí y allá sus tristes vidas. Y cuando su madre, anciana ya, estaba a las puertas de la muerte, aterrada ante la posibilidad de una eternidad en la nada, él le dijo que cuando muriese iría a un sitio maravilloso, donde todo el mundo tenía una mansión, y volvería a ser joven, y estaría con sus seres queridos. Entonces ella murió con una sonrisa en la cara.
He sacado mis conclusiones. No se puede ser completamente honesto en esta vida. Ni se debe. Ser sincero las 24 horas del día, los 365 días del año significaría, primero, quedarte sin familia ni amigos a los tres días de empezar, y segundo, recibir críticas de todos los tamaños y colores que te hundirían en la miseria. Ya lo decía Jack Nicholson: ¡¿Quieres la verdad?! ¡¡Tú no puedes encajar la verdad!! Vale que, a lo mejor, ese vestido que se ha comprado tu amiga le sienta como el culo, pero si a ella le gusta, ¿qué te cuesta decirle que está guapa? Pues no te cuesta nada, mujer. Y si tu padre ha hecho una tortilla que no se comería ni el perro, pues haz de tripas corazón y traga, hombre. Hay ciertas situaciones en las que sí, debes mentir, asúmelo.
Por supuesto que no soy pro-mentiras en cualquier momento y lugar. Existen límites. Y también existen formas de maquillar un poquito la verdad para que no suene tan bestia. No llega a ser mentir, es cierto, es más una intención de no herir. No hace falta ser brutalmente honesto, de verdad que no.
Entonces, ¿está bien engañar a diestro y siniestro? Claro que no, cómo va a estar bien decir, por ejemplo, que Fulanito robó ese banco cuando en realidad fui yo, o que tengo una carrera, dos masters y un cursillo de alemán si abandoné los estudios y me enrolé en un barco mercante. Lo que defiendo son las pequeñas mentirijillas piadosas, ésas que no suponen nada trascendental y que están destinadas a no dañar los sentimientos del prójimo. Hay que mentir, sí señor, pero por cariño. Y si soltar una trola va contra tus principios, de los cuales estás profundamente convencido, di la verdad, pero con mucho tacto.
Una cosa. Resulta que hay gente especialista en detectar mentiras. Lo he leído. Hay un psicólogo muy famoso llamado Paul Eckman que ha estudiado durante toda su vida el lenguaje no verbal, especialmente los gestos faciales. Después de años viajando y anotando cuándo y cómo tal o cuál cultura sonríe, o llora, o se enfada, llegó a la conclusión de que las expresiones faciales de las siete emociones más importantes son universales, es decir, no dependen del entorno ni de la educación recibida. Así, se puede afirmar cuándo una sonrisa es falsa, o cuándo la mirada no refleja nuestra supuesta sinceridad.
Yo he leído libros suyos y ahora intento fijarme un poquito más en la cara de la gente cuando habla. Y en su voz, porque resulta que la voz refleja aún mejor las emociones. Pero tengo que admitir una cosa: hay veces en las que prefiero no enterarme de la verdad, vivir en mi pequeña ignorancia. Así que si un día me compro un vestido y me queda fatal, por favor, no me lo digáis. Mentidme un poquitín, y dejadme pensar que me sienta como un guante. Y no se lo digáis a Paul Eckman...
Por supuesto que no soy pro-mentiras en cualquier momento y lugar. Existen límites. Y también existen formas de maquillar un poquito la verdad para que no suene tan bestia. No llega a ser mentir, es cierto, es más una intención de no herir. No hace falta ser brutalmente honesto, de verdad que no.
Entonces, ¿está bien engañar a diestro y siniestro? Claro que no, cómo va a estar bien decir, por ejemplo, que Fulanito robó ese banco cuando en realidad fui yo, o que tengo una carrera, dos masters y un cursillo de alemán si abandoné los estudios y me enrolé en un barco mercante. Lo que defiendo son las pequeñas mentirijillas piadosas, ésas que no suponen nada trascendental y que están destinadas a no dañar los sentimientos del prójimo. Hay que mentir, sí señor, pero por cariño. Y si soltar una trola va contra tus principios, de los cuales estás profundamente convencido, di la verdad, pero con mucho tacto.
Una cosa. Resulta que hay gente especialista en detectar mentiras. Lo he leído. Hay un psicólogo muy famoso llamado Paul Eckman que ha estudiado durante toda su vida el lenguaje no verbal, especialmente los gestos faciales. Después de años viajando y anotando cuándo y cómo tal o cuál cultura sonríe, o llora, o se enfada, llegó a la conclusión de que las expresiones faciales de las siete emociones más importantes son universales, es decir, no dependen del entorno ni de la educación recibida. Así, se puede afirmar cuándo una sonrisa es falsa, o cuándo la mirada no refleja nuestra supuesta sinceridad.
Yo he leído libros suyos y ahora intento fijarme un poquito más en la cara de la gente cuando habla. Y en su voz, porque resulta que la voz refleja aún mejor las emociones. Pero tengo que admitir una cosa: hay veces en las que prefiero no enterarme de la verdad, vivir en mi pequeña ignorancia. Así que si un día me compro un vestido y me queda fatal, por favor, no me lo digáis. Mentidme un poquitín, y dejadme pensar que me sienta como un guante. Y no se lo digáis a Paul Eckman...
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