Decir lo que sentimos, sentir lo que decimos, concordar las palabras con la mente. (Séneca)

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domingo, 2 de diciembre de 2012

"Perdona,¿estudias o trabajas?" y otras historias de ligoteo (II)

Definitivamente, no soy la persona más indicada para dar consejos. Sobre nada. Así que prefiero que no me los pidan, que me ponen en un compromiso. Me cambia la cara, lo prometo. Se hace un silencio incómodo, y entonces empiezo con mis frases a medias: "Puessss...  No seeeeé... Estooooo... Yo creo que... En mi opinión... Pero, vamos, que no soy la más indicada..." Yo aviso, para que luego no me vengan con reclamaciones. Mis consejos nunca llevan garantía. Si quieres los comes, y si no, los dejas. Lentejas en estado puro. 
El caso es que, como me dio por escribir un post con parte I, pues me han dicho que ahora me toca hacer la parte II. Y yo que sólo le había puesto ese título para crear misterio... Eso me pasa por ir de listilla por la vida. En fin, que haciendo un poquito de memoria, he recordado algo que le sucedió a una amiga de una amiga hace un tiempo... No cuela, ¿no? Vale, nada de una amiga de una amiga, me pasó a mí, venga va. Qué manía me ha dado con airear mis vergüenzas, me lo tendré que mirar... Total, que como soy una persona altruista donde las haya, generosa y que piensa en el bien del prójimo ante todo (que tiemble Santa Teresa de Jesús...), pues me veo en la obligación de contar esta historieta y, ya de paso, dar mi humilde opinión al respecto. Vamos, que esto que voy a contar va acompañado de un consejillo, que, como ya he dicho, viene de mí y eso ya le quita mucha seriedad y fiabilidad, pero lo voy a soltar igual, con dos cojones (ups).

Pues nada, que hace un tiempo salí con un chico. Nuestro tiempo en compañía mutua fue breve. Una tarde. Yo soy así, experiencias intensas y de duración escasa, que tengo prisa. Algo parecido a las citas express ésas de cinco minutos, como si fuera una yincana (¡si alguien sabe cómo leches se escribe esta palabra, que me lo diga, por favor!). Bueno, la nuestra duró algo más, tampoco voy por la vida despachando a la gente como en la pescadería, no soy tan mala (jejeje). Pongámosle que fueron unas horitas, charlando de manera informal en un bar. Y desde entonces no nos hemos vuelto a ver. Ni falta que hace, la verdad. Desde la primera media hora supe que no éramos compatibles. Alguien me podrá decir que cómo me atrevo a afirmar algo semejante con treinta minutillos de conversación, por Dios, ni que fuera una entrevista de trabajo. Yo también solía pensar así. Tienes que conocer a la persona, me decía a mí misma, no seas tan categórica, mujer. Ya. Pero pienso que hay casos y casos. La cuestión es que había en él muchas cosas de las que a mí me gustan en un hombre: trabajador, independiente, con ganas de estudiar y mejorar en la vida, y, dicho sea de paso, un cuerpo cincelado a base de unas cuantas horas en el gimnasio, que no es que sea algo imprescindible para una relación, pero alegra el ojo. Total, que quedamos una tarde y no me hizo falta más.

Para empezar, llegó tarde. Me encantan las personas puntuales, qué le voy a hacer. Y si se llega tarde, pues uno va y se disculpa. Así de fácil. Este chico llegó quince minutos después, y tan pancho. Relajado, andando con una calma de ésas que se usan cuando te quieres lucir (aquí estoy yo, mírame y alucina...) y no dijo ni mú. Mal empezamos, me dije, pero puse una sonrisa y pa'dentro. ¿La conversación? Amena, eso sí es verdad. Pero también es verdad que estuvo un poco demasiado centrada en él. Yo prefiero escuchar a hablar de mí misma, pero también me agrada que me pregunten y se interesen. Bueno, como no fue una charla aburrida ni con silencios incómodos, esa parte se lleva una valoración general positiva. ¿Qué más? Ah, sí, la cuenta, eso fue muy gracioso. Aquí quiero hacer un inciso, y seguramente habrá personas que no estén de acuerdo conmigo, así que perdón si alguien se siente ofendido. Cuando una persona dice "te invito", creo que deberíamos tener en mente unos límites estándar. A ver, si me invitan a una Coca-Cola, pues guay, lo agradezco y lo acepto, que no creo que nadie se arruine por ello. Si me invitan a cenar, pues también. Pero si alguien te dice "te invito" y tú vas y tiras la casa por la ventana con lo que pides, mientras el invitador se toma una Coca-Cola y punto, pues no vale. Ahí ha habido un gorroneo descarado por tu parte que te va a hacer quedar fatal. Digo yo. Pues nada, que le dije "te invito", y digamos que se tomó la invitación al pie de la letra, con todas su consecuencias, cuando lo normal hubiera sido un poco más de moderación a la hora de pedir, o un pagamiento (de vez en cuando me invento palabros...) a medias cuando llegase la hora, qué menos. Total, que solté la pasta, que a mí me gusta cumplir mi palabra, pero mi opinión positiva de él sufrió un bajón de 100 puntos o más. En picado.

Y ahí acabó nuestra tarde en mutua compañía. Ahora lo pienso y no la considero un desastre, qué va. Y a él tampoco. Me sirvió para darme cuenta de que hay cosas que no encajan por más que nos empeñemos. Como el agua y el aceite. Él y yo no buscábamos lo mismo, de eso estaba segura desde el minuto treinta, pero aún así la charla estuvo bien y es agradable conocer gente nueva, así que nunca nunca nunca hay que encerrarse en casa y huir del exterior. Hay que ampliar los horizontes y seguir buscando.

A todo esto, ¿qué consejo quería dar yo? Mmmmmmm... Ah, sí, que llevéis siempre calderilla de sobra por si decís "te invito" y el invitado tira la casa por la ventana...



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