Decir lo que sentimos, sentir lo que decimos, concordar las palabras con la mente. (Séneca)

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sábado, 10 de noviembre de 2012

La princesa no quiere que la rescaten

Definitivamente, hablar está sobrevalorado. Así, sin paños calientes. Se aprende infinitamente más observando y escuchando. Pero escuchando de verdad, no haciendo como que sí, mientras tu mente se separa de tu cuerpo y le dice "Ahí te quedas". Admito que a mí esto me sucede mucho, me cuesta ser una buena oyente. Soy como los niños, que necesitan que les "enganches" para que te presten atención. También es verdad que el mundo necesita buenos oradores, que muchos no hay, pero eso es otro asunto.

Buenos o malos oradores aparte, hace tiempo que me he dado cuenta de que se aprende muchísimo escuchando a los niños y a los adolescentes. Nooooo, no me he vuelto loca...
Es verdad que los adolescentes están muy dispersos, que las hormonas les dominan, lo sé. Pero ellos y los niños van sobrados de algo que nos falta a los adultos, y es sinceridad y espontaneidad. De vez en cuando, así sin avisar, sueltan verdades como puños, los muy jodíos, y por eso hay que prestarles más atención, no vaya a ser que nos perdamos esas perlitas de sabiduría.

El otro día, por ejemplo. Vinieron a darles a mis alumnos una charla sobre violencia de género. Os digo ya de entrada que tratar con chavales de 15 o 16 años, fácil no es (por si acaso algún optimista pensaba que sí...) Yo, como estudiosa del ser humano que soy (toma ya), vi una oportunidad de oro en todo aquello, y me quedé a escuchar. Bueno, llámalo escuchar, llámalo cotillear. Y me enteré de muchas cosas.

Por ejemplo: No es lo mismo sexo (macho, hembra), que género (masculino, femenino), lo primero es una cuestión biológica, y lo segundo es social. Otra cosa: existe una palabra llamada hembrismo (¡vaya palabro!), que es el antónimo de machismo. ¿No es feminismo? No, no lo es. Yo tampoco lo sabía. Y mis alumnos se quedaron igual que yo. Pero cuestiones de vocabulario aparte, mientras escuchaba la charla y les observaba a ellos, me di cuenta de que vivimos en una época muy contradictoria para las mujeres. Bueno, más para la niñas.

Resulta que las pobres están en medio de dos bandos. Primer bando: la idea tradicional de feminidad. A saber: siempre bella y arreglada, larga melena, cintura de avispa, dulzura y sensibilidad, alto grado de destreza en las labores domésticas, buena mano con los niños, etc., etc., etc. Recuerdo que cuando era peque, leía los clásicos cuentos infantiles, y me imaginaba a la bella princesa en su castillo, secuestrada por un dragón, o por un mago, o por una bruja, o por su mala malísima madrastra (que, por supuesto, encima era fea la mujer) Pero luego llegaba su príncipe, que era guapo, atlético, montaba a caballo, brincaba lo que hiciera falta, sabía esgrima, boxeo, kung- fu, tenía una sonrisa Profident (ups, ¡publicidad subliminal!) y, con su voz varonil, le decía a ella: "Ya estás a salvo. Fuguémonos y vivamos felices para siempre", lo que traducido era algo así como: "te voy a poner un pisazo en el bosque de aquí cerca, con criados, perros y piscina, y viviremos sin preocupaciones, ni hipotecá, ni ná de ná" Lo cual, evidentemente, es un chollo. 

Segundo bando: el concepto actual de feminidad ha cambiado un poco. Ahora resulta que oyes hablar a los diseñadores de moda, o a los publicistas, o a los periodistas, y te dicen que su ideal de mujer es independiente y luchadora. Una mujer que se ha hecho a sí misma (metafóricamente hablando, supongo), que tiene un trabajo de éxito, que hace la compra, baja al perro, lleva a los niños al cole, los recoge, los deja en clase de kárate, pintura, English o alemán, barre, friega, hace la comida, merienda, cena, postre, prepara el informe de ventas del día siguiente en su portátil último modelo, etc., etc., etc. ¿Sola? Pues parece ser que sí, que aunque tenga pareja, a ésta no la mencionan, que queda mucho más guay llamar a la mujer supermamá, o superwoman.

Puf, qué estrés, ¿no? Eso deben de pensar mis alumnos, porque por lo que les oí hablar, creo que su visión de la vida es más natural y sana que todo esto. Bien es cierto que algunos/as siguen pensando de manera bastante tradicional, pero también es verdad que otros tantos (sobre todo las niñas) están buscando el término medio.  Me dicen que no quieren depender de sus parejas, ni vivir para estar bellas y perfectas; se imaginan siendo independientes y teniendo un trabajo, pero compartiendo a la vez su vida con alguien que las quiera y a quien querer, conviviendo y colaborando para que a ninguno le salga una úlcera ni le dé un infarto por el estrés diario. No quieren ser princesas a quienes rescatar, ni superwoman con la tensión por las nubes.

¿Y yo qué las digo? Pues nada, qué las voy a decir, me dejan sin palabras. Simplemente las escucho, y tomo nota, que la sabiduría hay que conservarla.


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